Música, deportes, creencias y distintas ideologías son las características que definen a ciertos adolescentes, jóvenes y adultos a los que basta tan sólo con mirar sus ojos para saber lo que quieren gritar al mundo.
Forman parte de la magia de lo desconocido, de lo incomparable y a la vez inédito. Se sienten vivos y afortunados al ir en contra de lo que se dice siempre, como una verdad diáfana y sin fisuras; de sistemas, opiniones y políticas que construyen lo que, aparentemente, es un mundo real.
Nacen para plasmar su arte, son artistas reflejados a su manera, sin copias y sin ediciones repetidas.
Su vivir está marcado por un mundo de alquimia, un juego libre y a la vez mágico, que no tiene reglas hechas ni recetas aprendidas, porque no permiten que nadie más que su sombra los guie o los persiga. Aparecen comportamientos totalmente distintos en los que bulle la creatividad y su otra manera de interpretar la vida. Se sienten atraídos a ciertos grupos porque a todos los une algo en común, su esencia.
Este es el caso de Natalia, una joven de 21 años, que al sentirse dentro de su gente, su espacio y su banda encontró a “Nati Punk”, una chica nueva que, con colores llamativos en su ropa, varios aros en su oreja, mallas a rayas, zapatos un tanto descuidados y accesorios singulares, logró definir una postura “anti todo”.
“Cuando me hice punkera tuve que negarme a todo, por eso dicen que es un suicidio, porque me convertí en un ser aparte de esa sociedad en la que antes vivía”, dijo.
En Quito, grupos juveniles conformados por Punkeros, raperos, rockeros, metaleros, hardcoreros, skaters, bikers, rollers, entre otras catervas, se han encontrado e identificado entre sí, para conformar uno de los sectores de la sociedad contemporánea con los más extravagantes modos de expresión permanente. Personas que, con su vestimenta, carácter e identidad trazan rostros, figuras, sonidos y destrezas que los alejan de lo típico.
Para Alfredo Carvajal, miembro de la Federación de Artistas del Ecuador, han dejado de ser simples derivaciones y han pasado a ser nuevas formas de expresión cultural de los jóvenes, como seres represivos de la sociedad. “Es una salida a esa problemática por querer expresar sus ideas propias y libres” dijo, aduciendo ciertamente que ese es el pensamiento que inunda la mente de estos jóvenes.
De hecho, Takijana, un grupo de Ska fucionado, conformado por cinco chicos está determinado por este lema “Por qué callar si nacimos gritando”. Los Ska son uno de los grupos que con su fusión de ritmos callejeros, nostálgicos y misteriosos conservan una identidad. Para Ati, vocalista de este grupo, la razón por la que han denominado así su nuevo álbum es porque “debemos tomar en cuenta que existe otra música que trata de dar un mensaje, porque hay cosas que preocupan a todos y si las gritamos vamos a hacer que haya algún cambio, cachas”.
Takijana está integrado por jóvenes entonados por una oleada de sonidos y palabras. Por eso logran expresar lo que sienten y levantan sus puños para tratar de vocalizar un mensaje para su público.
“La mayoría de bandas quieren expresar su música, no están con la idea física de ganar dinero o de comercializar su música. Lo que quieren es llegar a la mayor cantidad de gente para expresar sus ideas pero nunca queriendo caer en el ámbito lucrativo” es lo que afirmó Alfredo Carvajal después de haber producido el último disco de “Takijana”.
A pesar de que existe una mezcla de culturas que se tropiezan entre sí, particularmente, tratan de expresar “algo que para ellos aún no se ha dicho”, pues, lo suyo no es ser parte de una nueva generación con amplio acceso a la universidad, la TV, internet, la onda audiovisual, la violencia y el consumo, auto identificada como “ciudadanía”. Al contrario, son jóvenes capitalinos, sin culpas ni complicaciones existenciales que buscan libertad desde un punto de vista de armonía consigo mismo, son quienes viven como quieren y que realizan el arte que quieren cuando quieren, sin presiones.
Sí, para muchos puede resultar irónica y cuestionadora esta lucha social contracorriente, pero no se puede descartar que puede resultar un enfoque nuevo como luchadores de la vida.
“La gente, el ecuatoriano en especial, igual que casi todos los humanos temen a lo que no conocen. Nosotros como grupo social, grupo comunitario o tribu urbana, nos catalogan de manera diferente por la manera de vestir. Pero, la mayoría de nosotros los “rockers” vivimos como tú me ves a mí. Todos tenemos a más de ser músicos, una profesión que no nos impide seguir lo que nos gusta” es lo que afirmó Alfredo para confirmar que se pueden combinar ciertos síntomas culturales urbanos como el arte, la música, el deporte, con la profesión y la formalidad. Un contraste tal vez “difícil pero no imposible” insistió.
Para comprender a ciertos grupos, hay que comenzar por conocer su escuela: la calle. Un mundo lleno de sorpresas y riesgos de donde aparecen personajes que diseñan su vida como una diáspora que está en todas partes aprendiendo de manera minuciosa y sincronizada, suben, bajan entran salen, caminan, se paran se escabullen, llevando un estruendoso silencio que circunvala el zumbido de cultura urbana quiteña. Un silencio que triza violentamente cuando espantan sus miedos y nace el imaginario de lo que realmente quieren ser.
Sus nombres sólo quedan registrados en su partida de nacimiento, porque nadie los conoce como tal. Al ser hijos de un ambiente ligero e incierto, necesitan ser bautizados por un nombre de guerra para batallar en las calles.
Así nació “Marmota” un nombre que refleja un hombre con un estilo relajado, ropa deportiva, pantalón ancho bajo la cintura, una camiseta ligera y un gorro en la cabeza. No necesita más en su realidad, pues dice que la vida le ha dado suficientes oportunidades -buenas y malas- para ser quien es.
A sus 29 años, demuestra su ritmo, pensamientos y realidades a través del Hip hop, Breakdance, Rap y Graffitis. Aunque gana poco dinero, es lo único que pide a la vida para ser feliz, sabe que de estas mañas nadie lo librará. Para Marmota, la mejor manera de proyectar su mensaje es con sus colores, sus dibujos y canciones que mencionan contextos sociales dichos a su forma, “” con mucho movimiento de manos, baila, canta y sueña pues todas sus obras son como verlo a él. Ahí está Marmota, cuestionador, ingenioso, apasionado e intenso; al que le gusta romper los esquemas, vestirse diferente; el que nunca encuentra respuestas ortodoxas en la vida. Pero nadie mejor que el mismo Marmota para describirse:
“Soy un grafitero clandestino y parte del movimiento subterráneo en la ciudad de Quito. Lo que hago básicamente es hacer grafitis en las madrugadas cuando ya todos duermen. Para mí hacer un grafiti es embalarme, descargando toda mi energía en los muros, escribiendo, haciendo rap y música que es lo que describe mi vida y la de la gente que me rodea, de la calle, donde me la paso con mis amigos apreciando el mundo desde nuestro punto de vista”.
La vida que busca Marmota se basa en encontrar la armonía consigo mismo por medio de su arte.
Nació en Guayaquil, pero Quito se convirtió en la ciudad que buscaba para encaminar su vida “Mi vida es puro hip hop, una explosión de emociones a través del canto, del baile, de la pintura o de la producción, eso es lo vacan de estar en Ecuador, he encontrado mi libertad”. Como él dice sus grafitis, su música y en su arte urbano desborda su energía haciendo lo que le gusta.
“Mis grafitis son algo del momento porque no pienso mucho antes de ir, entonces solo es una explosión de color que llega en ese instante y ya. No necesariamente tenemos que estar pensando en algo para hacer. Puede ser tan simple como una firma o un mural tan complejo con un lema bien profundo que tu puedes expresar con el color”
Son seres informales pero soñadores que encuentran un espacio para hacer lo que les gusta, no importa donde sea, adoptan un estilo “street” o buscan pistas para que su creatividad sea un espectáculo o una rutina, pero siempre en busca de “independencia”.
“Lo que nosotros tratamos de hacer es no ser del montón, todas la personas que no están consientes de lo que pasa en el mundo siguen la fila de otra gente que sólo piensa en sí mismo, solo piensa en plata y en codicia” afirmó Ati cuando habló de su autonomía como persona.
Para Santiago, “El pistin” un sitio ubicado en el parque La Carolina, se convirtió en uno de los sitios más adecuados para convertir su existencia en una obra distinta. “Yo hago pista, me gusta patinar ahí pero hay gente igual que le gusta las calles también”
“Más o menos están viniendo de 15 a 20 personas en el trascurso del día a practicar” Esta pista y este deporte llegaron para quedarse en la vida de “speedy”, conocido así por su rapidez y agilidad sobre su patineta, un instrumento que le resulta clave para hacer “trucos”, desplazarse de un lado al otro pretendiendo distinguirse por una onda alternativa, pero mucho más allá de lo que se pueda ver físicamente esta su combinación de mente y cuerpo para expresar su originalidad en la patineta.
Dentro de una cultura callejera llena de movimientos y estilos diferentes también está involucrada la música.
Con una voz amplificada y rápida que grita arte, existen cantantes que, con su guitarra eléctrica, el bajo y la batería a compases veloces integran las notas y acordes precisos para crear hardcore.
Así aparecen los hardcoreros, jóvenes que a través de diversos lenguajes musicales aparentan ser de carácter violento o duro pero en sus letras, un tanto difícil de entenderlas pronuncian con una energía revelante y enérgica.
“Luigi” es un hardcore, que define su vida a través de la música, por medio de su banda denominada “muscaria”. A lo largo de 17 años precisó su forma de ser, se viste como le plazca porque es el hardcore su música, su vida, su expresión, en el hardcore vive Luis.
“Mi mundo es la música y esto demanda una disciplina y de cierta forma un entrega que es como entrar a la mafia porque ya no puedes salir si te gusta”
El arte le ha echado una mano y se ha apropiado de la realidad que ve necesario gritar en sus canciones de corta duración, un minuto e incluso menos tiempo, basta para proyectar un ambiente frenético, cargado de temáticas motivacionistas juveniles, objeciones de conciencia, anti nazismo, antifascismo, anti homofobia, antirracismo, comunismo o anarquismo.
Intervenciones sonoras, tempos y compases rápidos, a ritmos de baterías veloces y guitarras con pocos arreglos, con un sonido de distorsión que inspiran un intercambio de ideas e información dentro de una construcción ideológica comunal y no individual.

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